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A partir del comienzo del nuevo milenio, se hizo evidente que el modelo de producción y distribución de la industria fonográfica, que algunos llaman Música 1.0, estaba en vías de extinción. Del lado de la producción, las tecnologías digitales hicieron posible profundizar los modos de composición de remix (remezcla), como venía haciendo el hip hop, inclusive en la era analógica.

Inmediatamente surgieron conflictos respecto del uso de secuencias (inclusive los más mínimos fragmentos) de músicas protegidas por copyright, lo cual ha llevado a muchos músicos a protestar por impedimento a los insumos a la innovación en la era digital. También del lado de la producción, las nuevas tecnologías han abaratado los estudios de grabación de calidad, de modo que cualquier músico puede hoy en día tener su propio estudio casero y vender o regalar su música en línea. Del lado de la distribución, las grandes discográficas se vieron amenazadas por los sitios de canje de archivos, P2P, y comenzaron a procesarlos, sin poder ponerles fin. Así, surgieron nuevos modelos de negocio como iTunes para la venta en línea. No obstante, la descarga gratuita no autorizada sigue, y muchos artistas, inclusive los más reconocidos como Prince, Radiohead y otros, se han alejado de sus sellos debido a la poca rentabilidad y control de su música que las discográficas ofrecían mientras trataban de mantener su dominio, infructuosamente, en los mercados, que hoy en día rondan la mitad de ganancia que hace 12 años.

Las tentativas de acapararse parte de las ganancias que los artistas se buscaban en conciertos y servicios como publicidad o música para videojuegos han acabado alejando aún más a los músicos. Con lo cual, se abre el campo para millares de iniciativas, siguiendo la lógica que Chris Anderson, editor ejecutivo de Wired Magazine, llama «la larga cola,» término usado en la estadística de la distribución, y que hace referencia a un mercado nuevo, instaurado por la suma de todas las pequeñas ventas de muchos productos hechas posibles por la distribución en Internet. Esta suma de pequeñas ventas iguala o supera las megaventas de pocos productos características del mercado tradicional, por ejemplo de los bestsellers y blockbusters. La Web 2.0, con su capacidad de fomentar la creación de redes sociales, posibilita la circulación de todo tipo de música para todo tipo de gusto. Además, han surgido nuevos intermediarios en Internet que compiten con los dinosaurios de la industria fonográfica; por ejemplo, sitios dedicados a géneros específicos, que presentan nuevas músicas, las comentan y canalizan a los internautas a los lugares donde se puedan descargar o comprar.

A menudo esta función intermediaria la desempeñan los blogueros que ofrecen crítica de música, o las mismas redes de socialización, pues la música es precisamente uno de los elementos identitarios más importantes que cuelgan los jóvenes en sus páginas de MySpace o Facebook. Estas megaredes sociales son excelentes herramientas de promoción para las más de 60.000 argentinas que conviven en MySpace.

Lanzar un disco con una gran discográfica puede seguir siendo el sueño de algunos músicos, pero los más realistas saben que la probabilidad de que logren el megaestrellato para que las majors les presten la atención debida es nula. De ahí, que la gran mayoría de músicos latinoamericanos y argentinos busquen nuevos modelos de autogestión, asistidos por la Web 2.0, para ganancias en conciertos y otros servicios. Pululan pequeños sellos independientes dedicados al folclor, tango, jazz, rock y géneros populares como la cumbia villera en la Argentina se valen del horizonte abierto por la entrada, pues lo que aprecian los consumidores, sobre todo los que participan de las redes sociales, es el trabajo y cuidado que los pequeños sellos dedican a su pasión, más que a su «producto». Además, los pequeños sellos y los músicos autogestionados participan cada vez más en festivales organizados de forma solidaria, siguiendo el modelo del Circuito Fora do Eixo (fuera del eje de las grandes capitales, v.g., Rio- São Paulo), que ya hace circular a más de 500 bandas. El futuro de la música, en la Argentina como doquier, está en manos de esta miríada de iniciativas independientes y reticuladas.

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